El caso único de un chiquillo que disputa ya los Juegos Olímpicos tras deslumbrar en la Eurocopa. Es pura humildad y viene de familia. Su padre cuenta a Crónica que nunca vivirá de su hijo: solo quiere que le dejen abrir su bar y sacar a los suyos del ERTE.

Hay ocho barcos que van de Tenerife a Río de Janeiro, otros tantos a Rio Grande do Sul, siete a Paranaguá (Paraná), otros tantos a Salvador (Bahía), ocho a Santos (Sao Paulo)… La conexión es intensa con Brasil. Histórica. Que va desde las rutas de los negreros. Abolida, se convirtió en un nexo espiritual, como el ginga con el fútbol. El ginga, base de la capoeira, dio origen a esa cadencia, a esas acrobacias, que los herederos de los esclavos hacían en los puertos, en los campos de cultivo, cuando jugaban al balón. La que le permitió a Pelé, con su fútbol callejero y desenfadado, coronarse en el Mundial de Suecia 58. Hay algo de ginga, a lo canario, en el fútbol de un tal Pedri, un chico que aprendió dándole al balón en las paredes níveas de su Tegueste. «Hasta dejarlas negras», que nunca quiere olvidar.

A Pedri no solo le une con Pelé tener un sobrenombre de dos sílabas. Los vincula esa precocidad, ese saltarse etapas. Lo del brasileño, nacido en Minas Gerais, es insuperable, claro. Pero Pedro González López tiene su propio camino. Nació en Bajamar, donde surgen las piscinas naturales y las olas se estrellan violentas contra la roca. Es un extraordinario ejercicio para piernas y brazos mantenerse erguido en la valla interior. Una forma de aprender equilibrio.

A los tres años se mudó al interior, a Tegueste, a 6,9 kilómetros del territorio surfero que tanto le gustaba, donde apuntaba con las piedras a los cangrejos. Su abuelo tenía allí un restaurante de carretera y su padre iba a ayudar. Un local humilde, de vino casero y pan fresco. Es tierra que se considera cuna de los guerreros de las islas. «Mi padre fue presidente 11 años de la lucha canaria aquí», recuerda a Crónica Fernando González, papá del futbolista de la selección española. «Y fundador de la peña del Barcelona en el pueblo». Pero nadie imaginó que eso sería un presagio.

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